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7 de Setiembre de 2010
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Más vale tarde que nunca

La producción de cine nacional era casi inexistente en la mayoría de los países latinoamericanos hasta hace unos pocos años. La excepciones son Argentina y Brasil, también México, que tienen si no una industria, sí una tradición de producción cinematográfica consolidada, y una televisión fuerte, que produce y exporta, más de lo que importa.

Los otros países de América Latina no tienen esa misma realidad en relación a la industria del cine. Su situación económica colocó históricamente al sector en condiciones de desprotección; otras necesidades de primer orden como salud, alimentación, educación, vivienda, desplazaron no sólo los recursos, sino también la atención sobre la importancia que tiene el desarrollo de una industria cinematográfica y audiovisual nacional como forma de fortalecer las identidades y las culturas autóctonas, y de generar puestos de trabajo genuinos e inversión.

En el Uruguay, por ejemplo, se hizo cine casi desde que los hermanos Lumiérè lo inventaron. Pero la mayoría de los realizadores, técnicos y actores provenían del extranjero; llegaban al país atraídos por condiciones económicas más favorables que en sus países de origen, montaban sus estudios y hacían sus películas, pero los capitales se iban, y los contenidos no tenían ninguna identificación con ese país.

Esto último hace que no se pueda hablar de una cinematografía uruguaya como tal, hasta mediado de los ´90, con la aparición de nuevos realizadores y películas, que de la mano de las coproducciones, y con otras miradas y otros temas, comenzaron a construirla.

Ha costado y aún cuesta hacer que se entienda al cine, así como a otras ramas de la creación artística (el teatro especialmente), como una inversión, y no como un generador de pérdidas, por lo que los estados no lo han considerado especialmente al momento de elaborar sus presupuestos. A pesar de ello cabe señalar que hay algunos cambios recientes; muy lentamente empiezan a otorgar algunos fondos y a entender la importancia cultural del cine como forma de exhibirse hacía fuera.

Pero llegamos a esta nueva realidad después de una historia de orfandad del cine en América Latina, que hoy comienza a gozar de cierto reconocimiento internacional, logrado a través de la participación en los festivales, los premios obtenidos, y una distribución más amplia, ganada también a partir de estos galardones.

Fue necesario que comenzara a sumar éxitos y a ser mirado en otras partes del globo, para que en sus países de origen, los gobernantes y los propios ciudadanos, empezaran a otorgarle relevancia a su cine.

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